Amor vincit omnia

Las mejores historias de amor ni son de personas perfectas ni de amor a
primera vista. El amor verdadero no consiste en cenas románticas con velas
ni en joyas demasiado caras, sino en dos almas gemelas encontrándose en
este mundo caótico, lleno de problemas, conflictos e injusticias. Es de crear
un refugio, un sitio seguro en medio de esta locura que llamamos vida.
Esta historia es la mía. No, es la nuestra, de Laura y mía, y la tengo que contar
antes de que sea tarde, para que siga viva cuando yo haya muerto. Para
que los jóvenes de mañana sepan lo que realmente significa amar a otra
persona.
Cuando nací, estaba claro que iba a trabajar de bedel en el instituto de
Enseñanza Media local, como mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo lo habían
hecho antes. Aunque mis padres deseaban apoyarme para que pudiera
tener una vida mejor, nunca les dije que quería estudiar arquitectura. Era
evidente que no podían permitirse pagarme una carrera universitaria, así que
me contenté con leer libros sobre estática, estilística y diseño, preferiblemente en la biblioteca.
“Por enésima vez: No le pago por leer, le pago por trabajar. Vaya de
inmediato y repare el daño en el aula tres.”, gruñó el director Díaz. Estaba
leyendo el libro con tanta concentración que no me había dado cuenta del
director, así que di un grito ahogado de asombro, me disculpé y salí de la
biblioteca. Aunque había tenido buenas notas en todas las asignaturas en la
escuela, incluso matemáticas, había algo en este libro de estadísticas que no
entendía. Todavía pensando en este problema llamé a la puerta del aula
tres y entré para ver cual era el daño.
“Usted es el bedel, ¿verdad? Soy Laura Villanueva, la nueva profesora de
matemáticas, encantada.”, sonrió una mujer radiante con el pelo y los ojos
morenos. Esto es como conocí a la persona que iba a cambiar para mejor mi vida.
Ella era la única profesora que me saludaba por las mañanas y se despedía
por las tardes, cada día. Para ella no era un bedel invisible sino un ser
humano con propios pensamientos y sentimientos, y me trataba igual que a
los profesores. Aunque sabía que la joven profesora estaba fuera de mi
alcance, no podía evitar cogerle cariño. Un día me encontró en la
biblioteca, absorto en este mismo libro de estadística. Laura se sentó a mi
lado, dispuesta a averiguar lo que estaba haciendo.
“¿Qué es lo que está leyendo?”, susurró riendo y me miró atentamente.
“Nada, no es nada…”, contesté, un poco asustado por su interés y
probablemente también porque su presencia siempre me hacía sentirme un
poco nervioso. Ella quería saberlo de todos modos así que le expliqué que estaba
intentando de entender unos problemas matemáticos. Como ella tenía la
tarde libre, decidió ayudarme con el problema y no sólo logró que
entendiera todo, sino sin saber cómo también le había contado la historia de
mi vida, incluso que siempre había querido estudiar arquitectura. Cuando
había terminado, la miré inciertamente y sus labios se convirtieron en una
larga sonrisa. Me dijo que, ya que no le había pagado por su ayuda, al
menos debería cenar con ella, y mi corazón empezó a palpitar rápidamente.
Hasta el día de hoy no he averiguado lo que ella vio en mi hace todos estos
años, pero estoy seguro de que ella supo que yo nunca hubiera tenido el
valor para citarme con ella.
Poco a poco nos conocimos mejor y pasamos mucho tiempo juntos
hablando y riendo y, sin darme cuenta de lo que estaba pasando, me
enamoré de ella. De su buen humor, su manera cariñosa de tratar a los niños,
sus besos, su optimismo y, sobre todo, su risa tan clara. Era mi inspiración, mi
sol, mi vida. Después de ver mis modelos, Laura estaba convencida de que
yo tenía mucho talento e intentaba muchas veces persuadirme para que
me inscribiera en la universidad. Como no creí en mi mismo y en mi talento,
no le hice caso. Por eso, ella llevó uno de mis modelos y un par de mis textos
a unos profesores en la universidad y consiguió que me aceptaran.
Con la ayuda de Laura y el apoyo de mis padres, que estaban muy
orgullosos de mi decisión, logré terminar mi carrera universitaria con distinción
y fui contratado por un gabinete de arquitectura. Laura y yo nos casamos y,
por un breve momento, fui el hombre más feliz del mundo. Lo tenía todo: la
profesión de mis sueños, una vida buena y la mujer que amaba más que
cualquier cosa en el mundo. Dos años más tarde mi querida Laura,
embarazada con nuestro primer hijo, falleció. Accidente de tráfico. El
conductor iba borracho y el amor de mi vida no tuvo la más remota
posibilidad de sobrevivir. Eso pasó hace 42 años y todavía la echo de menos.
A veces oigo su voz cuando me quedo dormido y huelo su olor en este breve
momento antes de despertarme.
Para conservar la memoria de mi esposa, uso sus colores y símbolos favoritos
en mis obras y estoy seguro de que eso es la razón por la que le gustan a la
gente. Intento incorporar el alma de mi querida Laura y sé que, aunque no
sepan nada de ella, eso conmueve a la gente.
Esta no es la historia de un arquitecto exitoso. Es la historia de un amor más
fuerte que todo, incluso el destino y la muerte. Es la historia de un bedel
invisible y de una mujer valiosa y cariñosa que me convirtió en un hombre
mejor. Es nuestra historia.
Amor vincit omnia.

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